Iñárritu trae el drama de la frontera a Los Ángeles con “Carne y Arena”


El cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu muestra al público estadounidense su mirada íntima y profunda sobre los inmigrantes indocumentados en “Carne y arena”, una obra de realidad virtual que, tras su paso por Cannes, se exhibe en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA).

“Mi intención ha sido experimentar con la tecnología de la realidad virtual para explorar la condición humana en un intento por romper con la dictadura del marco dentro del cual las cosas son solamente observadas”, indicó el director en un comunicado.

La experiencia comienza mucho antes de llegar al LACMA. Los boletos de ingreso se agotaron prácticamente desde la apertura de la exhibición y los interesados tienen que insistir por semanas para lograr ponerse, por unos 20 minutos, en los pies de un inmigrante.

Ya en el museo, quienes se preparan para ingresar comentan sobre la ansiedad de la espera, un sentimiento que se prolongará varios minutos después de ingresar por una puerta que da acceso a un cuarto helado donde el público tiene que quitarse los zapatos y sentir el frío que cala hasta los huesos.

“Nunca había sentido un frío como éste, no venía preparada para esta temperatura”, confió a Efe la mexicana Marilú Mesa.

Como en la mayoría de sus filmes, en “Carne y arena (Virtually present, Physically Invisible)” González Iñárritu abre el camino para que sus espectadores vivan una experiencia personal y reflexiva sobre el tema que propone.

En el cuarto frío que se asemeja a una de las celdas de los centros de detención de inmigración conocidas como “hieleras” comienza el proceso reflexivo.

La desnudez de los pies de los asistentes contrasta con las decenas de zapatos que están regados por el piso. Son zapatos que pertenecen a inmigrantes que pasaron por el desierto de Sonora, en Arizona.

Hay de todas las tallas, colores y diseños. Muy pocos tienen su par. El corazón se estremece al imaginar lo que le pudo ocurrir al dueño de una zapatilla blanca, que por tamaño le correspondería un niño de unos dos años.

Mientras la mirada se concentra en los zapatos y en los artículos para llevar el agua, el frío comienza a hacer de las suyas y obliga a muchos a caminar alrededor para tratar de sobrellevar la temperatura. Un sonido extraño y una alarma aumentan la tensión sobre lo que pasará del otro lado de la pared.

Una luz roja y un sonido agudo avisan que es el turno para sumergirse en la experiencia virtual. Tras la puerta de metal se descubre un espacio oscuro lleno de arena.

En la mitad de este lugar el visitante recibe una mochila, unos audífonos y un casco especialmente diseñado para ingresar en una realidad virtual que nadie espera.

Como en otras ocasiones, el director, productor y fotógrafo mexicano Emmanuel Lubezki hizo mancuerna con González Iñárritu.

El cuidadoso trabajo logra colocar al espectador en medio del desierto que comparten México y Estados Unidos, el lugar donde el presidente estadounidense, Donald Trump, quiere poner un muro.

Los avances tecnológicos hacen creer al espectador que está en la zona desértica de Sonora, sin importar para donde quiera mirar o moverse.

Pronto la persona se encuentra junto a un grupo de indocumentados que liderados por un “coyote”, un traficante de humanos, intenta ingresar a territorio estadounidense.

El acercamiento a la realidad es tal que el visitante puede moverse entre los personajes, acercarse y sentir como el miedo se apodera de ellos cuando un grupo de agentes de inmigración llega a arrestarlos.

“Es muy duro vivirlo en carne propia, es algo muy fuerte cuando alguien está tirado en el piso y no puedes ayudarlo, es muy crudo” reflexiona Marilú Mesa, originaria de Durango (México).

En los siete minutos que aproximadamente dura la vivencia en el desierto se puede escuchar la desesperación de los inmigrantes que ven su sueño interrumpido.

Sus voces en español y hasta en una lengua indígena se confunden con las ordenes en inglés de los agentes y el sonido estridente de un helicóptero que intimida y puede paralizar al publico.

Al culminar la experiencia el espectador se encuentra con los verdaderos rostros de los inmigrantes que inspiraron la historia.

Las vivencias de mexicanos, centroamericanos y hasta de un estadounidense que trabajó en la Patrulla Fronteriza son el remate perfecto de una experiencia que se tiene que vivir en carne propia.

Ante el éxito de la propuesta hasta el momento el LACMA no tiene una fecha de cierre definida para la exhibición.