El anunciado perdón presidencial al racismo


Ya no sorprende preguntar si esto está ocurriendo en el Estados Unidos de hoy. La realidad es que el discurso oficial del odio y la mentira se ha ido inoculando con una naturalidad perversa que, por fortuna, solo tiene justificación entre quienes siguen a pie juntillas lo que emana de la boca de quien ocupa actualmente la Casa Blanca; tal como se vio mediante los temerarios vítores por parte de los seguidores de Donald Trump en la insidiosa y divisiva concentración con sus partidarios que encabezó en Phoenix, Arizona, el martes por la noche.

Más allá de sus consabidas acusaciones contra los medios de información; contra sus enemigos políticos (confesos, inconfesos o imaginarios); de sus vituperios en contra de los que dudan de sus capacidades para dirigir el país; de sus autoelogios y de su enfermiza megalomanía que lo coloca al borde de la autocracia —o de un hospital psiquiátrico—, se atrevió a sugerir que Joe Arpaio, el exalguacil de Maricopa, condenado ya por desacato, no debería preocuparse, y que si no anunciaba su perdón esa noche, lo hacía simplemente para evitar controversias.

Como si él mismo no supiera que todo lo que hace, dice, decide o deja en suspenso es enteramente controversial a sabiendas, como por ejemplo que aún esté al frente de un país que se jactaba de luchar contra los regímenes intolerantes y que ahora le permite actuar de ese modo como si el poder fuera él y no existiera Congreso alguno, ni Suprema Corte, ni oposición, ni Carta Magna, ni decencia política, ni mucho menos diplomacia. Y no pasa nada…

En fin, como si se tratara de un acto de campaña más —como los que realizaba durante 2016 en busca de la presidencia—, ha puesto sobre la mesa nuevamente su mejor menú: la provocación para lograr el aplauso inmediato y fácil de quienes sabe que tiene bajo control mental.

Defender a un indefendible como Joe Arpaio, a quien un juez federal le exigió que dejara de aplicar la discriminación racial en contra de la comunidad inmigrante latina —sin que el entonces “alguacil más duro de la nación” obedeciera la orden federal, situación que precisamente lo llevó al banquillo de los acusados—, tiene al menos dos frentes con dedicatoria de bravucón: lo hace en el mismo estado en que miles de inmigrantes latinos padecieron el terror del acoso de Arpaio y sus huestes, asegurando Trump que el exalguacil “solo cumplía con la ley” (claro, solo le faltó decir “su ley”); y también en el mismo estado del que es senador John McCain, criticado férreamente por Trump en Phoenix sin mencionarlo por nombre, solo haciendo alusión al fracaso presidencial de intentar la derogación de Obamacare “por un solo voto” (precisamente el de McCain).

Es decir, meter las manos al fuego por un delincuente como lo es ahora Arpaio y ofender en su propia casa a la comunidad inmigrante y a un héroe de guerra, prisionero en Vietnam y quien, bien o mal, se ha involucrado con verdadero compromiso con el tema migratorio, no tiene precedente y excede los límites del infantilismo político que padece el actual mandatario. De tal modo que, perdone Trump finalmente a Arpaio o no, el daño ya está hecho.

Ni falta hace agregar el saltimbanqui discursivo que hizo de sus reacciones a los violentos incidentes de Charlottesville, Virginia, donde quedó de manifesto que la supremacía blanca y el KKK han ganado un importante terreno durante su incipiente gobierno, sin hacer referencia a la muerte de la joven Heather Heyer, atropellada por el supremacista James Alex Fields Jr.

Omitir la parte medular de su verdadera posición en su primer discurso al respecto, en el sentido de que la violencia en Charlottesville provenía de“muchos lados, muchos lados”, equiparando de ese modo al neonazismo con los opositores a esa filosofía xenófoba que en otro momento de la historia cometió crímenes de lesa humanidad, resultó tan oprobioso, que en realidad da vergüenza ajena ver cómo la decadencia de la democracia estadounidense empieza a tener nombre y apellido.

Lo que seguramente tiene Trump debajo de la alfombra debe ser tan grave (Rusia, entre otras cosas), que ha tenido que recurrir desde el inicio de su campaña política hasta hoy que es presidente a una serie de medias verdades y mentiras completas; ello, para ganar puntos entre quienes están de acuerdo en que se haya despertado en la supremacía blanca y el KKK una serie de anacrónicas aspiraciones que tienen al borde del colapso al laboratorio social que es Estados Unidos, país que solía ser el único faro de esperanza para muchos inmigrantes, que se han dado cuenta ya de qué lado está el inquilino de la Casa Blanca.

Inmigrantes que también saben ya de qué lado luchar.