Un giro en el trato (por ahora)


La reunión entre altos funcionarios de México y Estados Unidos implica un cambio de discurso de la administración Trump hacia nuestro país.

Habrá muchos esfuerzos, surgidos del interés político o de la amargura, para hacer ver a Videgaray y Osorio como “agachones” ante los secretarios de Estado y Seguridad Interna de la Unión Americana.

Sin embargo ahí está lo que todos pudimos ver y oír: respeto de parte de Estados Unidos hacia México y sus autoridades, y compromisos concretos para que no haya deportaciones masivas y que las expulsiones se hagan dentro de la ley.

Nuestros funcionarios hablaron de agravios y conflictos inocultables, y de que se requerirán tiempo y acciones concretas para irlos superando.

Pero no nos atropellaron en nuestra casa, como algunos habrían pensado y hasta deseado.

El problema, en el fondo, sigue siendo Donald Trump: su voluble personalidad y falta de madurez política.

Necesita triunfos mediáticos para lograr el aplauso de la galería conservadora que lo apoya, y lo que ocurrió ayer no fue en esa dirección.

A México vinieron dos funcionarios serios, plenamente respetuosos de nuestra soberanía y con mentalidad abierta para entender las causas de la migración centroamericana hacia Estados Unidos.

México y Estados Unidos se necesitan mutuamente y vamos a trabajar para darle un buen cauce a esa relación, es lo que dijeron ambos secretarios.

El problema, hay que insistir, es su jefe.

Tillerson y Kelly son dos funcionarios sensatos y con conocimiento del valor estratégico de México.

Trump no es sensato ni valora a nuestro país como sí lo hacen dos de sus principales colaboradores.

Por eso es importante tener presente lo dicho por el canciller Videgaray en la reunión de ayer: “para superar agravios que permanecen, más que las palabras importarán los hechos”.

Rex Tillerson y John Kelly son parte del ala sensata del equipo de gobierno de Donald Trump. Hay otra, racista, improvisada y fascistoide.

En ese gabinete se libra una lucha por el poder y el control de la mente del presidente.

De hecho, en su comparecencia ante el Senado para ser designado, Tillerson se pronunció por “comprometernos con México, por su importancia para nosotros en este hemisferio”.

Y Kelly ninguneó la idea del muro fronterizo porque, dijo, “una barrera física por sí sola no logrará el propósito” (de detener la migración ilegal).

En síntesis, lo ocurrido durante la visita de ambos personajes es positivo para México.

Se trata de un cambio en el lenguaje y en la actitud.

¿Quiere decir que se acabaron los problemas con la administración Trump?

Desde luego que no. El camino al parecer será largo y con exabruptos propios de un hombre emocionalmente inestable, como es el presidente de Estados Unidos.

Pero la ruta correcta es la que vimos ayer: seriedad en el trato, respeto a nuestra soberanía, reconocimiento de los problemas que nos son comunes. Y no engancharse con los disparates verbales del inquilino de la Casa Blanca.

Ya se encargarán de ellos, y de él, los propios estadounidenses y sus magníficas instituciones (como la prensa, por ejemplo).