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Gabriel Soto… familia de boxeadores

Cuando llegamos al gimnasio D.A.I.A. Gallos, ubicado en Sunrise y Pecos, Ángel (Baby Boy) Flores ordenaba a sus discípulos, que uno a uno comenzaban a llegar. Pasada las 6 de la tarde, todos los días de la semana, un ejército de futuros boxeadores, comienzan a realizar ejercicios de pre calentamiento en aquella fábrica de sueños, que consigue adaptarse al espacio reducido donde tienen que entrenar.

“Esto es a pulmón y sacrificio”, dice Flores quien agrega “Junto a mi padre, hemos logrado que todo aquel que llegue a nuestro gimnasio se adapte, primero a la disciplina y al respeto que exigimos, y después a lo deportivo” nos aclara, mientras ayuda a un niño a ponerse el protector bucal.

Un poco más adelante, sentada en una esquina, se encuentra Guadalupe, quien no deja de observar su teléfono celular, esperando la llamada de su esposo Gabriel, quien trae a sus dos hijos a la práctica diaria de boxeo.

Tan pronto como llegaron, Leslie se enfundó en su ropa, y comenzó a correr y a saltar la cuerda. En el estacionamiento, Gabriel (padre), haciendo alarde de su experiencia en los cuadriláteros, vendaba las manos de su hijo, que observaba atento cada uno de los movimientos de su padre. Mientras el niño se aprontaba para hacer guantes con su sparring de turno. Aprovechamos para enterarnos de algunos detalles de su vida.”Gabrielito nació pesando 9 libras y media. Entre su peso y algunas otras complicaciones a la hora del parto, “su llegada al mundo fue todo un sacrificio para mi”, dice Guadalupe, mientras su esposo se sonríe recordando aquellos momentos.

Arriba del ring, Baby Boy Flores, desafiaba la pelea de aquel niño que no le daba respiro, sacando ambas manos con una velocidad asombrosa. Cuando sonó la campana del segundo asalto, Flores nos dijo, “La verdad es que todos estamos muy impresionados con el niño. En la actualidad, está peleando en la categoría de 55 a 60 libras, lleva 5 peleas de las cuales a ganado 4”, dice su entrenador, que al sonar de la campana vuelve al medio del cuadrilátero, donde lo espera Gabriel, con sus ojos bien abiertos para no perder detalle de aquella improvisada pelea.

Al terminar, cuando había caído la noche en el norte de nuestra ciudad, entre apretones de manos y el agradecimiento de los muchachos y sus padres, guardamos la cámara y el grabador, prometiendo volver algún día a aquella Fábrica de sueños, construida con pocos recursos económicos, pero con mucho amor.

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