José M. Gatti, Argentino de nacimiento, ecuatoriano por adopción.

Nació en Junín, Provincia de Buenos Aires en 1948, en el seno de una familia inmigrante italiana de clase media. Sus comienzos en el fútbol fueron en los terrenos baldíos del barrio. “La noche nos sorprendía corriendo detrás de una pelota en una cancha de tierra”, dice José María, y agrega “Eran otros tiempos, cuando no existían celulares ni internet, y el único requisito era estar atento al llamado de la vieja “Pa’ regresar al hogar a cenar y a dormir”, se desprende de su relato emocionado.

Cuando tenía 12 años, comenzó a jugar en Independiente de Junín, bajo la dirección del querido Negro Castro, y de ahí con solo 17 años, dio el gran salto al fútbol profesional, cuando firmó contrato con el equipo Platense de primera división del fútbol argentino. Esa temporada, bajo la dirección técnica de Ángel Labruna, debutó como marcador de punta, y ese año el equipo hizo una campaña increíble, perdiendo en semifinal con Estudiantes de La Plata, que luego fuera Campeón de América y del Mundo. “La temporada siguiente me compró Racing Club de Avellaneda, donde me tocó jugar con Ubaldo Matildo Fillol, campeón del mundo en 1978, con Cacho Malbernat, el gringo Scotta y otros grandes de esa época”.

En 1974, en la plenitud de su carrera, surge la posibilidad de viajar a Ecuador, donde se incorpora al Deportivo Cuenca a préstamo ese año, y en forma definitiva en la temporada siguiente. “Cuenca era un pueblo que se había detenido en el tiempo. Los fines de semana, el paseo obligado era caminar por la plaza donde tocaba la banda del pueblo. En plena efervescencia deportiva del Cuenca, conocí a una familia de 8 hermanas que eran hinchas del club. Una tarde me presentaron a Grace, que sólo tenía 15 años, y de la cual me enamoré perdidamente. Un año después, en su cumpleaños número 16 nos casamos, y como fruto de ese amor de más de 40 años, fuimos padres de 2 varones y una mujer, que nos hicieron abuelos de un varón que ya tiene 18 años”, termina diciendo José María.

Muy lejos ha quedado – El Viejo Gatti -, un restaurante argentino, que tuvo que vender para pagar los pasajes de la familia a Estados Unidos. En la actualidad trabaja en su propia empresa de limpieza, va todos los domingos a misa, pero previamente, se juega el partido de fútbol semanal con el equipo de North Beach, y con los mismos amigos de hace más de 30 años. Al llegar a la casa, después de darle gracias a Dios, el menú puede variar, parrillada argentina o pastas, o tal vez Grace lo sorprenda como lo hace desde hace más de 40 años, con una fritada ecuatoriana de carne de puerco, que cocinada por ella, a José María y a sus hijos les trae recuerdos de Cuenca, en las montañas ecuatorianas.

 

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