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Enfermera de Las Vegas comparte historias personales de la guerra contra la pandemia

Una tasa de ocupación del 92 por ciento podría sugerir que un hospital todavía tiene espacio para más pacientes, pero el número, según la enfermera de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Valle de Las Vegas, Geoconda Hughes, no cuenta toda la historia.

No transmite la escasez de personal necesario para tratar el creciente número de pacientes hospitalizados por COVID-19, señaló.

El número en el que Hughes se centra en cambio es una proporción: cuántos pacientes hay por cada enfermera en la UCI. La proporción típica es de uno o dos pacientes por cada una. Ahora hay tres.

“Estamos acostumbrados a ser precisos y exactos y a estar totalmente al tanto de todo”, comentó Hughes de 47 años, sobre el equipo de enfermeras de la UCI del St. Rose Dominican Hospital campus Siena, en Henderson. “Y no somos capaces de hacer eso con tres pacientes. No tenemos los ojos fijados en nuestros pacientes, y es muy inseguro”.

En estos días, la seguridad del COVID-19 es lo primero en la mente de Hughes. No sólo la seguridad de sus pacientes, sino la suya propia y la de su familia, incluyendo sus dos hijos adolescentes. Ya los había enviado lejos una vez para vivir con miembros de la familia por un tiempo como precaución contra el virus.

“Perdónense a sí mismos”

No es inaudito que a una enfermera de la UCI se le asignen tres pacientes, reconoció Hughes. Ocurre durante la temporada de gripe, por ejemplo, y cuando sucede, otras enfermeras se reúnen alrededor de la enfermera ocupada.

Lo que es inusual ahora es que muchas de las enfermeras de la UCI están tratando a tres pacientes.

“Cuando toda la planta está asignada a tres pacientes, nadie puede reunirse con nadie”, explicó.

Los requisitos para los pacientes de COVID-19 pueden ser especialmente exigentes. Se necesitan cuatro enfermeras y un terapeuta respiratorio para poner a un paciente de la UCI en un respirador en el estómago, una técnica llamada pronación, que mejora la capacidad pulmonar. Pero esto significa que tres enfermeras “no están vigilando su carga completa de pacientes”, dijo Hughes.

En respuesta a la preocupación de Hughes, un vocero del hospital declaró que los funcionarios confían en que cuentan con el personal, el equipo y los recursos para atender a sus pacientes.

“Estamos haciendo todo lo posible para asegurarnos de que somos capaces de proporcionar atención a los pacientes de nuestra comunidad”, aseveró el vocero Gordon Absher. “Este es un desafío que enfrentan los hospitales de todo el estado y el país. Estamos trabajando en toda nuestra organización, con socios comunitarios y con funcionarios de salud locales y estatales para identificar recursos de personal adicional”.

La Asociación de Hospitales de Nevada declaró la semana pasada que, a nivel regional, los hospitales tienen una capacidad adecuada, incluso en las UCI, pero que algunas instalaciones individuales “están siendo abrumadas con altas tasas de ocupación por todas las causas”.

El estrés no se limita a los edificios.

Hughes se puso manos a la obra recientemente cuando, debido al volumen de pacientes, no pudo atender rápidamente a un paciente que estaba sediento. Pero ahora se da el mismo consejo que dio a sus colegas que trabajaban en los hospitales de Nueva York cuando se vieron invadidos por los pacientes de COVID-19: Perdónense a sí mismos.

“Eso es lo que me pone nerviosa”

Se preocupa por el monitoreo de los signos vitales de un número mayor de pacientes y por lo que podría pasar cuando pida refuerzos a un equipo que ya está abrumado.

“Sé que alguien viene, pero no a qué velocidad”, dijo. “Eso es lo que me pone nerviosa”.

Expresó su preocupación por el hecho de que con la UCI al máximo de su capacidad, algunos pacientes no pueden recibir un nivel de atención más alto tan pronto como lo necesitan. Otras áreas del hospital también están llenas, lo que requiere que algunos pacientes a veces permanezcan durante días en el departamento de emergencias.

La respuesta simple sería contratar más personal, aunque Hughes reconoció que es más fácil decirlo que hacerlo. Recientemente, los contratos de tres enfermeros “viajeros” que se trasladan de un hospital a otro, iban a ser ampliados, pero los enfermeros se fueron a puestos mejor pagados.

Absher dijo que el hospital ha estado adaptando sus operaciones, a veces a diario.

“Las enfermeras que trabajan en turnos adicionales y en áreas de cuidados críticos están siendo compensadas con incentivos”, comentó. “También continuamos trabajando con agencias de enfermería itinerantes para asegurar los recursos de personal disponibles para cubrir los turnos según sea necesario”.

Pero Hughes dijo que se necesitan más tropas de primera fila.

“Necesitan traer gente. Si esto significa una pérdida para el año, sólo tienen que hacerlo”, añadió Hughes, una representante sindical de National Nurses United, que ha programado un piquete informativo en el hospital de 7:30 a 9 a.m. el miércoles para pedir mejor personal.

El activismo sindical viene de familia, Hughes es la hija de Geoconda Argüello-Kline, secretaria-tesorera de Local Culinary 226 en Las Vegas.

Para reforzar el personal, las enfermeras están trabajando horas extras. Hughes dijo que sus turnos de 12 horas han aumentado a 13. En su último turno de la semana, trabaja 17 horas antes de tomarse los próximos tres días libres para descansar.

No hay atajos

Al igual que su vida laboral, la vida familiar de Hughes se ha alterado por la pandemia.

Durante el primer pico de coronavirus en la primavera, pasó casi siete semanas viviendo separada de sus hijos para evitar la posibilidad de que los infectara. En ese momento, hubo una aguda escasez de equipo de protección personal en los hospitales, especialmente los cubrebocas de grado médico N95, considerados como la mejor protección contra el virus.

Hughes ahora usa un cubrebocas N95 durante todo su turno, con la excepción de los 27 minutos que toma para almorzar. Ni siquiera se lo quita para tomar un sorbo de agua, excepto durante su descanso.

“Cada vez que te lo quitas, aflojas el elástico; estás aflojando el sello”, recalcó. “Nunca tomo atajos con el COVID”.

Pese a las precauciones, Hughes teme enfermarse y llevar el virus a su familia. Una docena de colegas a los que ve regularmente han contraído el COVID-19. Una enfermera dio positivo esta semana por el virus junto con la mayoría de su familia nuclear.

Con el aumento actual de casos de COVID-19 y hospitalizaciones, Hughes consideró enviar a sus hijos a vivir con sus padres por segunda vez.

Pero no quiere hacerlo porque su hijo mayor, Christopher, de 18 años, trabaja como auxiliar, un trabajo que requiere interacción con el público. Teme que se infecte con el virus y que lo transmita sin saberlo a sus padres, quienes, al tener más de 60 años, pueden ser más vulnerables a sus nocivos efectos.

Así que por ahora, ella requiere que Christopher y Declin, de 15 años, practiquen un estricto distanciamiento social y el uso de cubrebocas. Después de que Christopher pasara tiempo con sus amigos y los abrazara al salir de casa para el Ejército, ella le exigió después que se pusiera en cuarentena en casa durante 12 días.

Los dos adolescentes parecen asimilar el efecto que la pandemia ha tenido en sus vidas sociales, pero no el que ha tenido en su madre.

A Christopher le preocupa que en algún momento ella no se “recupere” al ver morir a los pacientes por el COVID-19. Sin embargo, la pandemia ha aumentado su determinación de convertirse en un EMT y unirse a su madre en el campo de la medicina.

“Quería que mamá supiera que no está sola, que alguien más lo entiende”, comentó.

Una carga personal

Las enfermeras de la UCI no son por lo general “personas nerviosas”, aseveró Hughes, pero reconoció la carga personal que la pandemia le ha encimado.

Tuvo el primer ataque de pánico de su vida durante un viaje reciente a Costco. Observó a multitudes de personas, algunas con cubrebocas debajo de sus narices o removidas durante conversaciones por teléfono. Cuando una anciana entró en su espacio personal para pedir ayuda para sacar algo de un estante, Hughes pensó, “esto es más peligroso que el trabajo”, donde al menos está protegida con un cubrebocas N95.

Hughes está considerando encontrar un trabajo que represente menos peligros, aunque el momento es irónico. Terminó su maestría en febrero y hace unas semanas pasó sus exámenes para convertirse en enfermera profesional. Su objetivo era formar parte del grupo de intensivistas que supervisa la UCI.

“Pero eso significa tener que intubar a pacientes. No sé si estoy preparada para eso a largo plazo”, confesó.

Intubar implica insertar un tubo de respiración en un paciente que se conecta a un ventilador mecánico. Este proceso puede exponer a un trabajador de la salud a aerosoles y gotitas de las vías respiratorias del paciente, lo que supone una amenaza de infección por COVID-19.

“Es un sentimiento agridulce porque es en lo que he estado trabajando durante los últimos tres años”, un objetivo que ya no parece tan deseable, reconoció.

Incluso está considerando trabajar lejos de un hospital, tal vez en una clínica, poniendo mayor distancia entre ella y el virus.

La semana pasada, Hughes rentó un convertible y la familia viajó a Pahrump.

Tales actividades ayudan, pero sólo temporalmente. Los pensamientos recurrentes sobre su madre y su trabajo son un “gran factor de estrés”, confesó Declin.

Añadió: “Cada vez que lo pienso, no soy nada religioso, pero empiezo a rezar”.

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