Una madre; mil destellos amor y fortaleza

No existen palabras, ni tiempo, ni forma de expresar cuanto significa ser madre, el grado y calidad de sentimiento, bondad, lección y afecto que viven día a día todas esas mujeres que han tenido la dicha de convertirse en mamá. El Tiempo dedica esta historia de entrega y amor para honrar a las madres en su día.

La vida puede parecer que no siempre es justa o que está llena de pruebas visiblemente insuperables, sin embargo, hay una frase del famoso cortometraje ‘El Circo de la Mariposa’ la cual dice que “entre más grande es la lucha, más grande es el triunfo”. Esta frase bien puede titular distintas historias de vida de la comunidad inmigrante en este país, como es el caso de María Guadalupe Arreola quien amablemente compartió su historia con El Tiempo.

“Mi historia comienza en el año de 1989 cuando llegué a Estados Unidos como la mayor parte de las personas, buscando el ‘Sueño Americano’, con la idea de mejorar económicamente para ayudar a mi familia. Soy madre soltera, tuve una niña que actualmente tiene 27 años de edad, yo tengo 25 años viviendo en Estados Unidos y ahora cuento con 50 años de edad, la mitad de mi vida la he pasado en este país”, dijo la madre inmigrante.

Para Guadalupe no ha sido sencillo vivir en la Unión Americana, ya que no sólo se ha tenido que enfrentar a otra cultura, otro idioma u otras personas. La prueba más dura ha sido tener que vivir sin su hija por más de 20 años.

“La verdad no ha sido nada fácil, a estas alturas solamente es tratar de ir sobreviviendo porque no es como mucha gente piensa, que al venir a este país nos hacemos ricos y no es así; es muy duro. Dejé a mi hija con mis papás, tenía 2 años de edad cuando me vine. Después en algunas ocasiones la veía cuando mis padres venían de vacaciones, pero mi padre empezó a enfermar y ya no pudo viajar, dejé de verlos; pero siempre manteniendo la comunicación por teléfono pero no es lo mismo”.

Perderse momentos imborrables en la vida de un hijo puede ser una ‘llaga’ profunda en el alma de una madre, sin embargo, la lucha por salir adelante debe ser un aliciente para seguir enfrentando un entorno lleno de complicaciones.

“Tengo más de 20 años sin ver a mi hija”, insistió Arreola. “Ha sido muy duro porque llegó la fecha de sus quince años, actualmente es mamá, soy abuela de un niño de 3 años y aún no tengo la satisfacción de abrazar a mi nieto. Recientemente fui abuela por segunda vez y seguimos aquí esperando”.

La hija de Guadalupe la llama más de cuatro veces al día, “es curioso pero ahora que está más grande se ha acercado aunque sea por teléfono. Creo que ella siente la necesidad de que estemos juntas al igual que yo, a pesar de tantos años se ha venido acrecentando ese deseo”, manifestó la madre.

María Guadalupe arribó al estado de California en el año de 1989 donde comenzó a trabajar en la lavandería de un hospital para personas enfermas de alzhéimer realizando un trabajo fuerte y poco deseable como lavar pañales de gente adulta, situación que significó un contraste importante con la vida que llevaba en su natal Jalisco en México. Tras su experiencia en este empleo, se trasladó a Las Vega donde tiene más de 15 años radicando.

“No tuve la satisfacción de darle el último adiós a mi mamá, ella murió repentinamente, aún no me cae el ‘veinte’. El día de las madres convivo con mis amistades, con gente a mi alrededor, con amigas que también son mamás y están lejos de sus hijos. Es un sabor algo agridulce, porque quisiera tener a mi hija y nietos cerca pero no pierdo la esperanza, mi fe en Dios sigue ahí”.

Arreola participa constantemente en vigilias y manifestaciones pacíficas a favor de la comunidad inmigrante en Estados Unidos. Siempre bajo un perfil muy especial al acudir a estos eventos con imágenes y estatuillas religiosas con el objetivo de encabezar sesiones de oración católica para pedir por las miles de familias indocumentadas en este país.

“Tengo aproximadamente 3 años de dedicarme al activismo, obviamente lo hago por razones personales pero también es muy triste ver como actualmente se da la separación de familias.Hay niños y jóvenes que se han quedado solos en este país porque sus padres han sido deportados, es muy duro, si uno como adulto sufre, imagínense los niños. Esa separación les causa un daño emocional grande y no debe de ser; porque los niños y jóvenes son el futuro de esta nación”.

María Guadalupe confía en que a corto o mediano plazo se pueda contar con una reforma migratoria que permita que las historias de la comunidad inmigrante en el país de ‘las barras y las estrellas’ sean cada vez menos difíciles. De esta manera, lograr una mejor calidad humanitaria en la que menos madres sean separadas de sus hijos.

“Hay veces en que te decepcionas y te cansas, pero en lo personal saco fuerzas de la flaqueza para seguir luchando. Veo en un futuro que esto pueda marchar mejor y haya un gran cambio para nosotros. Espero trabajar unos años más y al final de cuentas reunirme con mi familia. Me va tocar regresar y quiero que los últimos años que tenga pueda disfrutarlos con mi hija, mis nietos y mi hermana”, dijo esperanzada la inmigrante jalisciense.

Afortunadamente, Guadalupe no está del todo sola en este país. Acogió en su hogar a Victoria Ruíz, una joven que a sus 18 años de edad le ha tocado vivir situaciones complicadas a causa de no poder tener a su mamá por situaciones migratorias. La relación que llevan estás dos mujeres es muy especial ya que se han adoptado como tía y sobrina debido a la gran amistad entre la señora Arreola y Erendira Marín, madre de Victoria.

“Siento que mi tía a veces se deprime al estar aquí sola porque tiene más de 20 años de no ver a su hija. Creo que ella me ve como una hija ya que hemos estado juntas casi cuatro años y pienso que ve en mí lo que pudo haber sido convivir con su hija”, comentó la jovencita.

Precisamente este es otro caso por el cual se debe continuar la lucha por una reforma migratoria, la última vez que Victoria pudo abrazar a su madre fue hace casi 4 años. Sin embargo, hace algunos meses pudieron verse por medio de un portal que separa la frontera de San Isidro, California con Tijuana, México; pero no hubo oportunidad de tocarse o poder platicar por más de 45 minutos. A través de este medio de comunicación, Victoria le envía un mensaje a su mamá.

“Mamá no te desesperes, no te deprimas, Dios sabe porque pasan las cosas. Simplemente no pierdas la fe ni la esperanza. Algún día estaremos juntas y todo se da a su tiempo”, manifestó Victoria.

Pese a lo difícil que debe ser para ambas esta separación, la señora Erendira debe sentirse orgullosa de su hija Victoria, ya que es una joven de valores y a veces hasta bromista; poniendo siempre en práctica la educación heredada de su madre.

Seguramente solo es cuestión de paciencia para que pronto, las personas mencionadas en esta historia puedan lograr sus sueños. A veces la vida puede parecer ser injusta; pero en algún momento te recompensa.

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