Aquí entre nos

Debido a la generosidad exagerada de los genes paternos, yo poseo tanto pelo que alcanzaría para cubrir la calva de tres ancianos. La mayoría de mi pelo está localizado en la coronilla. Y este detalle es muy importante, como ustedes verán.

Ahora bien, desde el momento que la muchacha me suelta la cola y me empieza a dar el shampoo, ella sabe que no va a poder con ESTE pelo y que sería un trabajo para la dueña.

Si la propietaria ha tenido la oportunidad de entrenar a su ayudante, ésta sabe que no puede gritar una de las frases más temidas en cualquier salón de belleza: ¡oiga, yo no voy a poder con este pajón! Vociferar tal enunciado ofendería terriblemente a la cliente en cuestión.

A mí me ha tocado más de una vez ser atendida por un personal poco entrenado y la atención, las miradas y comentarios que genera la susodicha declaración es abrumadora: ¡Tierra, trágame!De todo salir a pedir de boca, el traspaso de una cabeza como la mía a la silla de la dueña acontecía sin mucho aspaviento gracias a un cruce de miradas entre las dos mujeres; que para entonces sabían hablar entre ellas con los ojos. Con el tiempo aprendí a llegar con la cabeza ya lavada, amarrada en un moño empapado, que daba la ilusión de ser una masa manejable. Lo hacía para ahorrar tiempo, dinero y más que nada para evitar exponerme a un anuncio no solicitado.Una vez lavado el pelo y ya sentada en la silla, la dueña estudiaba la melena leonina y nueve de cada diez veces luchaba por convencerme de ponerme rolos y meterme en la secadora.

Yo no soporto la secadora, pero uno que otro día accedía, acaso por compasión. Siempre esclava del reloj, el blower era mi primera opción, pues cortaba la duración del secado en dos.Como sabrán, las peluqueras empiezan a secar desde atrás. Trazan una línea horizontal encima de la nuca y desenrollan de la mariposa (generalmente plástica) el primer moño. La hebra que me nace en la nuca, who knows why, es fina y dócil. De manera que cuando la peluquera seca el primer tercio, que se extiende de la nuca hasta más o menos la altura de las orejas, la labor de secar mi pelo ha sido hasta entonces llevadera.

Ahora bien, desde que el moño de la coronilla sale de su prisión, ocupando toda la franja ecuatorial de mi cabeza, una expresión de pánico y sorpresa se asienta sobre el rostro incrédulo de la señora.

¡El diablo, muchacha tu si tiene’ pelo! parecen decir esos ojos dilatados, esa frente empapada que ella se seca con un brazo a punto de caerse del sócalo, cansado. Esta condición de fatiga muscular convoca el grito adolorido muy típico de este ámbito: ¡ñoooooooo esa tipa me tumbo el brazo!Consciente que no es un favor y que el servicio será apropiadamente remunerado, las penurias por las que pasan las pobrecitas ya me tienen sin cuidado.

Me planto a leer un libro como si la cosa no fuera conmigo y espero con paciencia el arribo triunfal a la moña del cepillo circular. Este es el momento culminante de esta obra.

Este melodrama de sudores, tirones y lágrimas llega a su punto álgido cuando la dueña se te pone enfrente para acabar de secar el cabello localizado sobre la frente, conocido popularmente como lo’ pelo de’alante o la moña.

Cuando la última hebra ha sido puesta en su lugar, la estilista, desatando la capa de tu cuello con ademán de torero, se quita del medio y te deja mirar en el espejo.

En ese preciso instante los tambores del cielo suenan ¡pa pa pa pam! y yo -dominicana de pura sepa- levito por encima de la condición humana borracha en el reflejo de mi cabellera arreglada, muy orgullosa de tener este pelo macho, como lo llaman por mi tierra. Aqui entre nos, tener demasiado es mejor que no tener suficiente.

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