Aquí entre nos

Suena el ¡RING! y pego un brinco que me tumba de la cama. ¡Estaba en el último de los sueños! El susto me deja con taquicardia. Nos alistamos de prisa, entusiasmadas. Estamos locas por ver el ascenso de los globos en el alba.

De vuelta a la recepción alcanzo a ver unas cafeteras de aluminio contra la pared.

-Es un dólar por una taza, demanda una señora flaca. Le doy un billete de veinte.

-No tengo cambio, responde.

-¿Dónde puedo cambiar el dinero?

-Pregunte en la recepción.

La recepcionista tampoco tiene cambio.

-¡Qué se le va a hacer!, suspiro alejándome.

El minibús del hotel nos lleva al estacionamiento de donde parten los autobuses con destino al evento. Según oímos, unas cincuenta mil personas seremos transportadas por esta vía.

En la fila, que es larga, observamos a la gente cargando sillas portables, mantas, múltiples envases térmicos. Nos burlarmos. ¡Caramba! ¿Cuál es la necesidad de viajar con tantas cosas?…

Al rato, estamos montadas en el autobús que nos llevará al campo. Allí, un valle inmenso es el hogar de cientos de canastas rellenas de telas multicolores que aguardan el momento para volar.

Titiritando de frío, caminamos alucinadas entre columnas y columnas de globos. Yo no le quitaba las manos a la cámara fotográfica, el dedo, cual gatillo, sobre el botón de disparar. No me iba a perder por nada del mundo ese instante glorioso cuando una miríada sicodélica de esferas saliera flotando al unísono, como las voces de un coro, con la aurora de trasfondo.

El sol subió, pero los globos no.

– ¡¿Qué?!

-Que cancelaron el evento, señoras.

-¿Y por qué?

-Porque hay demasiado viento, ¿no ve?

Dimos más vueltas que un trompo antes de descubrir a las veinticinco de las cincuenta mil personas que, alineadas para regresar a la ciudad, esperaban su turno sentadas en sus sillas plegadizas, arropadas en sus gruesas mantas de lana, calentándose con el té o el café que habían traído en sus envases térmicos. Éramos, quizás, las únicas dos idiotas vestidas con unas finas camisetas de algodón en aquel descampado abatido por unas ráfagas de viento friísimas que contra la piel se sentían como azotes de hielo cortante. Atena me dejó cuidando nuestro sitio en la cola y se fue a buscar algo que pudiera calentarnos. Regresó con papas fritas cubiertas en chile verde, que le encantan. Nativa de San Antonio, Texas, creció comiendo picante. Yo, sin embargo, no estoy acostumbrada a eso. En definitiva, el chile nos eleva la temperatura, aunque brevemente. Tardamos dos horas y media para acceder al ómnibus que nos retornará a la ciudad.

Una vez en el pueblo, acordamos quedarnos despiertas. ¡Vamos a aprovechar al máximo! ¡Vamos a empaparnos de cultura local! Nos fuimos al centro. Resultó que el comercio aún no estaba abierto. Los letreros anunciaban: Abrimos a las 11.30 a.m.

Miro el reloj, son las nueve de la mañana. Sin rumbo, como dos náufragas, navegamos las callecitas coquetas hasta que el primer restaurante abre las puertas. Muertas del hambre, nos lanzamos adentro de cabeza. Salvo las papitas, no le habíamos echado nada sólido al estómago desde el día anterior. Desayunamos carne de cerdo en chile rojo, puesto que parecía ser el platillo más popular. La altura nos pega durísimo. Tengo un cansancio brutal y tiro la toalla:

-Vámonos a descansar.

-¡Excelente idea! responde mi amazona.

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