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Aquí entre nos

Al anochecer teníamos planeado ir a ver El resplandor. Una de las revistas turísticas lo describía de la siguiente manera: “En la luz moribunda del poniente, incorporados sobre su llama fulgurante, brillan cual lámparas chinas suspendidas en el espacio una multitud de vejigas radiantes.”

A las cinco de la tarde estábamos en pie de nuevo. ¡Por fin veremos los globos! De paso, paro en la tienda de la recepción para comprar un alka seltzer. Sin proponérmelo, me envuelvo en una conversación con Joanne, la dueña del local. Me cuenta algunas de sus experiencias como voluntaria de la fiesta. También me recomienda que instale en mi teléfono el app con el programa de la misma.

-A fin de que te mantengas informada, porque si el viento sopla a más de diez millas por hora, la suspenden, ¿sabes?…

-¡Esta tecnología me hubiera servido tanto esta mañana!, gracias, le digo.

-Muchas gracias, repite Atena.

Casi al instante de instalar el app, me manda un boletín meteorológico: La velocidad actual es de doce millas por horas.

-¿Qué piensas cariño? ¿nos vamos o nos quedamos?

-No sé.

– Vamos a preguntarle a Joanne.

Nuestra amiga nos dice que es muy probable que cancelen todo.

-Mejor nos vamos a ver tiendas, chula, ¿no?

-Sería una pena ir hasta las afueras en balde.

-¿Nos quedamos?

-Nos quedamos.

Anduvimos el casco viejo de punta a punta. Cuando los pies no nos daban para más, nos sentamos a cenar en un café al aire libre. El menú ofrecía una gama de platillos de tierra y de mar, la mayoría condimentados con chile.

-¿Sabe si suspendieron El resplandor?, le pregunto al camarero.

-Acabo de escuchar que se dio.

-¡Carajo, nos lo perdimos!, refunfuño.

-Bueno, todavía tenemos mañana por la mañana, me consuela mi otra mitad.

-¡Es nuestra última oportunidad!

Imploro para que al día siguiente las condiciones del tiempo sean ideales.

Nos acostamos antes de las diez. Queremos estar descansadas cuando suene el teléfono a las cuatro de la madrugada.

Duermo apaciblemente, pero un dolor en las tripas me devuelve la conciencia. Un mugido quedo al principio, seguido de una serie de bramidos y cólicos feroces. Salgo disparada para el baño. Alcanzo a llegar con las justas, antes de que ocurra un vergonzoso accidente. No bien termino de desahogarme, empiezo a vomitar. El chile me sale a chorros, cual lava ardiente, por una y otra salida. Me tiendo en el suelo, la frescura de las losetas me reconforta mientras abrazo la taza blanca. Luego me le siento encima y después la vuelvo a abrazar. En ese sube y baja me paso varias horas. Estoy empapada de sudor -y de cultura,- mi tez, normalmente rosadita, ha adquirido un tono amarillo verdoso. Botando chile hasta por los poros, trato de incorporarme, pero advierto que me faltan las fuerzas.

-¡Atena!, grito, creyendo que me voy a desmayar.

Atena abre la puerta con los ojos azules desorbitados.

-¡Muévete, muévete que estoy mal! vocifera empujándome, tomando posesión del altar.

Nos turnamos.

A las cuatro llaman de la recepción. Arrastrándome, intento alcanzar el teléfono, mas no puedo, no sé para qué lo quiero, tal vez para pedir auxilio, no me acuerdo. Poco a poco me logro trepar en la cama. Creo que pierdo el conocimiento o me duermo durante pequeños intervalos de tiempo. He colocado el cubo de la basura al lado de la cama en caso de que tenga que seguir expulsando. Atena se ha enrollado al inodoro como una gata.

Eventualmente, enciendo la televisión. Los locutores de las seis anuncian, súper contentos, que soltaron los globos.

Quisiera ponerme a llorar, sin embargo, temo no tener suficiente líquido en el cuerpo para dos lágrimas.

¿Cómo haremos para soportar el vuelo sin descomponernos?, pienso en ese momento.

Invertimos cuarenta dólares en antidiarreicos para poder abordar el avión esa tarde. A medida que ascendemos, deseosa de ver algo, echo una última ojeada esperanzada al horizonte. Aparte de unas cuantas nubes, no veo nada. Me marcho de Albuquerque sin llegar a ver ni un solo globo volando.

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