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El costo de la belleza-Parte I

Ir al salón de belleza es una rutina semanal a la cual toda dominicana se acostumbra desde muy temprana edad. Si escarbo en mi memoria no recuerdo un tiempo en el cual el concepto de ir al salón no estuviera presente. Ya fuera porque mi mami, abuela o tía iba o venía del salón o porque me mandaban. Mi primer desrizado tuvo lugar en 1977, cuando tenía siete años de edad.

Me lo hicieron en un “saloncito” que quedaba a una cuadra de mi casa. Para aclarar el uso de las comillas, entiéndase por “saloncito” un local que es a un salón de belleza lo que una bodeguita es a un supermercado. El saloncito se caracteriza por quedar en un local improvisado, pintado a dos colores a golpe de esponja, por lo regular mal iluminado, a veces sin ventanas y bastante pequeño.

Consta de uno o dos lavaderos de cabeza, un abanico, un mostrador hecho de vidrio conocido como la vitrina, un par de secadoras y un par de sillas para el secado a blower, que es como se llama a la secadora de pelo de mano. Hacerse un blower describe el proceso de recibir el secado a muñeca recibido por parte de una profesional de la estética, que bien puede ser la dueña o “la muchacha” del salón. Las funciones de la dueña varían de establecimiento en establecimiento. En un saloncito que está empezando, la dueña se ocupa de todo, es una maestra en el arte de hacer mil cosas a la vez.

Malabarista prodigiosa, maga de los platos chinos, ella se las apaña para atender concomitante a una clientela demandante. Mientras una persona se seca los rolos en la secadora, la dueña le pone el tinte a otra, convence a la tercera de dejarse el acondicionador en el pelo por veinte minutos, vende a una doña unas gotas -tratamiento que se aplica y se deja puesto a fin de agregar brillo y luminosidad- , le cobra a otra un fiao’; todo sin desatender la cabeza dividida en cuadrantes de alguien que se va a tratar el cabello con un químico. Si usted es oriundo de otra parte, es probable que emplee la palabra pelo para describir, por ejemplo, los pelos de un animal o el pelo hirsuto y más duro que crece en las partes privadas y recónditas del cuerpo humano.

Pero en el argot criollo: “una se va a secar el pelo”, “una se cuida de no mojarse el pelo” y “el pelo luce precioso.”La dueña también está a cargo de los clientes nuevos, de formar las relaciones con la clientela, de controlar el flujo de chismes para no meterse en muchos problemas y en especial es responsable de los casos difíciles. O sea, aquellos que requieren la maña y la experiencia de un antebrazo poderoso. No todo el mundo sabe cómo hacer un blower.

Las profesionales dominicanas han sido, son y serán, las diosas invictas, las expertas sempiternas, las amas absolutas de una técnica que ya ha cruzado el mar. Nadie hace un blower como las estilistas dominicanas. Pregúnteselo a cualquiera, desde Queens hasta

Las Vegas, desde Roma hasta Madrid.Por otro lado, la muchacha es generalmente una adolescente, quizás la hija, la sobrina o la ahijada que quiere iniciarse en el arte de la belleza y de paso ganarse unos pesos. La muchacha se encarga “de dar el shampoo,” de secar a la gente de pelos buenos –sin mucho rizo- y otras tareas menores, tales como quitarle el cute (se pronuncia Kuté) a las uñas. Cutex es la marca comercial de un esmalte. La marca, originaria de Conneticut, fue introducida en la isla desde que el mundo es mundo. Desde entonces, el cute se ha convertido en el nombre propio que designa a todos los esmaltes.

De ahí que una pueda pedirle al primo de New York o al vendedor de cosméticos, que nos procuren un cute de L’oreal o de Revlon; que equivaldría a decir a que nos compren un Toyota-Chevrolet. Pero ¡a quién le importan esas pequeñas contradicciones lingüísticas!

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