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¿Escuelas charters en la horca?

¿Cuál es la diferencia entre una escuela gubernamental y una charter? Rara vez padres y madres conocen la respuesta. No es nada complicada, pero sí poco conocida. Una escuela charter admite gratuitamente a cualquier estudiante. Repito, no se paga un centavo ni se tiene que pasar por un proceso de admisión, al igual que una escuela gubernamental.

En lo que se refiere a las finanzas, el dinero empleado para subvencionar las charters proviene de las arcas públicas. Es decir, que cada escuela recibe un cheque por cada silla ocupada, y ese cheque sale del presupuesto destinado a la educación escolar de todos los niños, como ocurre cuando se trata de una escuela tradicional.

Ahora bien, la mayoría de las escuelas charters no gozan de un edificio proporcionado por el distrito escolar. Tampoco tienen acceso a los autobuses amarrillos. En consecuencia, le cuesta menos al Estado educar a nuestros hijos en ellas, pues la transportación la paga la familia, y la renta, el operador. Por eso, es común que la mesa directiva se dedique a recaudar fondos privados para sostener ese y muchos otros gastos.

En cuanto a la administración, quienes gobiernan la escuela no son empleados de la burocracia distrital, sino educadores, padres, maestros, entre una variopinta lista de individuos que se unen al esfuerzo de hacer realidad una visión. La visión puede aspirar a capacitar en áreas específicas, sea en lectura y escritura, ciencias, carreras vocacionales, deportes… ¡en fin!, en cualquier concentración, si es que adopta una.

Por desligarse de los distritos y sus convenios gremiales, estas escuelas gozan de mayor latitud en cuanto a la selección del currículo, horas de operación, selección y retención del personal, etcétera. Esto se traduce, por ejemplo, en la posibilidad de ser más creativos, de extender las horas de instrucción, de poder despedir a los maestros mediocres.

En lo relativo al acceso, las charters rompen con las limitaciones de enviar los niños a escuelas asignadas en función de un código postal, con lo cual abren sus puertas a cualquier niño, venga del barrio que venga.

Desde que el expresidente demócrata Barak Obama aplaudió su creación, las charters han crecido en demanda y en popularidad, a tal punto que es difícil encontrar una buena charter donde no haya una larga lista de espera.

Considerando que es menos costosa para el Estado, más accesible para quienes viven en vecindarios de escuelas tradicionales reprobadas y/o reprobables, y con más capacidad para la innovación y el ingenio, cualquiera pensaría que este tipo de escuelas debería estar multiplicándose, en vez de reduciéndose.

No obstante, el liderazgo demócrata se volcó contra de ellas en muchos lugares durante la sesión legislativa que recién acaba. En Nevada, votaron para que se suspendiera por cinco años la apertura de nuevas charters. A su vez, la plataforma educativa del candidato Bernie Sanders promete convertirse en su guillotinador.

No me aventuro a especular quiénes ganan con estas restricciones, pero, sin lugar a dudas, los que pierden son los millones de niños que se benefician; así como otros tantos deseosos de poder hacerlo algún día.

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