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Estos intelectuales tienen un candidato y dos varas

Hay un grupo de académicos e intelectuales que en los últimos años ha denunciado con vigor posibles actos de corrupción cometidos por políticos y funcionarios. Excelente trabajo.

Ahora, sin embargo, cierran los ojos y se entregan de manera acrítica a un candidato presidencial que no sabe cómo explicar una riqueza obscura.

Los vimos en una foto que circuló el fin de semana. Cual comité de campaña (cargada se le llama cuando es del PRI), comparten el pan y la sal con Ricardo Anaya.

Por lo visto, a ninguno de estos pioneros de la transparencia y la rendición de cuentas les incomoda apoyar a un candidato presidencial que con el sueldo de servidor público de segundo o tercer nivel se hizo de una nave industrial en Querétaro, vecina a la de Nike.

Les importa un comino que su candidato presidencial le haya vendido esa nave industrial a una empresa fantasma.

Que esa empresa fantasma, denominada Manhattan Master Plan Development, se haya constituido un mes antes de la compraventa de esa propiedad.

Eso es lavado de dinero. ¿No importa? Cómo no va a importar, si Anaya no es un particular cualquiera: quiere ser presidente de México.

Vaya laxitud de los que deberían ser la conciencia moral de la nación.

Dan su respaldo con todo y comida y brindis a un candidato presidencial que mintió al decir que le había vendido la nave industrial a un arquitecto, cuando en realidad se la vendió a dos personas sin capacidad económica para comprarla (54 millones de pesos) y tenían como domicilio fiscal un terreno baldío.

A estos académicos, respetables y estimados varios de ellos, les tiene sin cuidado que la operación para comprarle la planta Anaya se haya fondeado a través de varias empresas abiertas en paraísos fiscales alrededor del mundo.

¿También lo hacen otros? Sí, otros que quieren lavar dinero o en el mejor de los casos evadir impuestos. Pero Anaya quiere ser presidente.

Y ellos, los de la comida en solidaridad con el candidato del Frente PAN-PRD-MC, son la conciencia crítica del país. Crean fundaciones para fiscalizar el gasto de los demás, pero no el de su candidato.

Cero distancia con el poder. Del brazo con él hasta Los Pinos.

Su indulgencia moral a un negocio turbio de su candidato a la presidencia no los diferencia en nada de López Obrador: los que están en la barda política de enfrente son corruptos y deben ir a la cárcel. Y si están de este lado, salud compadre.

Tienen una vara para medir la ética de los demás, y otra para los ‘correctos’ de sus cuates.

Resulta descorazonador ver a nuestras mejores cartas en honestidad intelectual, dejar pasar el cuento de Anaya de que él le vendió esa nave industrial a un arquitecto y no a una empresa fantasma, y que si fue así no sabía.

El tal arquitecto se incorporó a la compañía (fantasma) un mes después de que le compraron la nave industrial a Anaya.

La notaría anexa a la escritura pública un acta constitutiva de la empresa compradora. Es decir, Anaya no puede decir que no conocía que los compradores (un chofer y una empleada de Manuel Barreiro) carecían de capacidad económica para pagar 54 millones de pesos, y con domicilio fiscal en un lote baldío.

Ese dinero llegó de paraísos fiscales.

Todo lo que se sabe es por información pública, no por filtraciones de la PGR.

Si no la sacaba el PRI la habría sacado Morena.

¿No amerita una púdica distancia de una operación de lavado de dinero en beneficio de su candidato presidencial?

La triangulación de dinero por empresas fantasma en distintos puntos del mundo, y que tuvo como beneficiario final a Ricardo Anaya, es una realidad.

Nadie lo ha negado. Ya dos de los contratados por Manuel Barreiro para hacer la triangulación de los recursos dieron testimonio de que abrieron las empresas en Gibraltar y otros paraísos para hacerle llegar ese dinero a Ricardo Anaya.

Falta el testimonio clave, el de Barreiro, que está prófugo.

¿Qué dicen a todo eso nuestros intelectuales y académicos?

“Anaya para presidente”.

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