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Progresos que no contamos

En los últimos quince años, la disparidad en los grados reportados de estudiantes multilingües o procedentes de hogares donde no se habla el inglés ha sido reducida considerablemente al ser evaluados a través del National Assessment of Educational Progress (NAEP).

En el caso de los niños de cuarto de primaria, las calificaciones subieron un 24% en lectura y un 37% en matemáticas. Los de octavo grado, a su vez, experimentaron una mejoría de un 27% en lectura y un 39% en matemáticas, según un estudio publicado por Michael Kieffer, de la Universidad de New York, y Karen Thompson, de la Universidad Estatal de Oregón.

La investigación consideró a estudiantes criados en un medioambiente bilingüe o donde los padres hablaban un idioma diferente al inglés, y también a aquellos que, con el tiempo, dejaron de ser “English learners” (aprendices del idioma inglés) para convertirse en estudiantes regulares.

En 1974, la Suprema Corte de Justicia emitió un veredicto en un caso conocido como Lau vs. Nichols, que se ha convertido en un estandarte en cuanto a los derechos de los estudiantes cuya primera lengua no es el inglés. El veredicto estableció que la falta de instrucción suplementaria en las escuelas públicas para este grupo de estudiantes constituye una violación de los derechos civiles, de acuerdo con el Civil Rights Act de 1964.

Basándose en esa decisión judicial, Kieffer argumenta que también los estudiantes que sufren profundos retos lingüísticos han sido agrupados bajo esta ley y eso ha contribuido a que no se reporte el progreso de los estudiantes multilingües adecuadamente: “But in keep[ing] the focus on the students who need the services … they have almost intentionally skewed the data in inappropriate ways”, explicó.

Visto desde la perspectiva de este estudio, quedó claro que el acceso a un contenido académico que se ajuste a las necesidades del estudiante es un principio básico de los derechos civiles. No obstante, si el enfoque persiste en tabular la data de los estudiantes multilingües que no progresan, sin contar a los que logran eventualmente aprender y ya no necesitan asistir a un salón especial para aprendices del idioma, se está solo considerando una fracción del panorama total.

De ahí que ambos (Kieffer & Thompson) hayan concluido que ha habido una equivocación a la hora de reconocer los méritos y el progreso de esta población estudiantil.

Aunque las razones específicas de cómo se han optimizado los resultados no han sido cubiertas en el estudio, los dos investigadores atribuyen los avances a un programa federal conocido como No Child Left Behind, promulgado con apoyo bipartidista en 2001 bajo el gobierno del presidente George W. Bush.

“It’s no longer an exception to the norm to have a student who is in the process of learning English”, dijo Kieffer. En lo adelante, es importante mirar al grupo de estudiantes multilingües empleando una reclasificación más amplia, una que incluya los antiguos o “former English learners”. Esos que consiguieron superar la barrera del idioma y se integraron a un salón de clases con el resto del estudiantado. La historia que contamos sobre nuestros niños multilingües cambia al capturar el éxito de estos estudiantes.

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