Tiempo rebelde

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, una muchacha que estaba asistiendo a una universidad privada de un país tercermundista. Ella sabía que cuando llegaba la temporada de matricularse debía de estar preparada para enfrentar unas filas interminables y disponer de todo un día (o de varios, según fueran desarrollándose los acontecimientos) para completar el tedioso proceso.

El proceso de inscripción consistía en pasar por la enfermería y dejar constancia de los records de vacunación, caminar hasta el departamento de la carrera elegida para seleccionar las materias de rigor, luego, ir al departamento de admisiones y entregar la selección del bloque de materias recién diseñado, después, parar por la caja y pagar el costo de la matrícula, a continuación, llevar el fardo de papeles recolectados al centro de fotocopiado con el objetivo de mantener constancia en el archivo personal del dichoso trámite y, finalmente, depositar los originales en la oficina de registro. Sacar copias de los documentos originales era de vital importancia, pues no era extraño que la burocrática administración traspapelara uno que otro documento.

Dicho sea de paso, cada uno de los eslabones del proceso de matrícula tenía lugar en un edificio distinto, por lo que la muchacha tenía que desplazarse de un extremo a otro del campus universitario bajo un sol que podríamos describir eufemísticamente como muuuuuy tropical. Por añadidura, los pasillos donde los estudiantes esperaban su turno quedaban al aire libre, o sea sin aire acondicionado.

Unas décadas más tarde, la chica salida del país tercermundista quiso continuar su educación superior y buscó inscribirse en una de las universidades más grande de su nueva ciudad, Las Vegas.

Antes de hacerlo, debió visitar las oficinas del Departamento de Vehículo Motorizados (DMV, por sus siglas en inglés) para ordenar una placa individualizada, pagar por la renovación de la registración, cambiar la dirección domiciliaria en la licencia de conducir, y de paso, pedir una copia de un título perdido y solicitar -en nombre de su madre – el pequeño letrero azul de “hándicap.”

Cada una de las diligencias citadas tuvo lugar no solo dentro del mismo edificio, pero ¡sentada frente a la misma ventanilla! ¡Qué eficacia! ¡Qué prontitud!, se dijo la muchacha, sumamente impresionada de la celeridad con la que efectuó todas estas transacciones. Con tan favorable impresión, la muchacha pidió permiso en su trabajo para ausentarse por un par de horas.

“Si el DMV, una oficina del gobierno, es tan veloz, imagínate cuanto más lo será el foco donde habita la intelectualidad local”, se dijo a sí misma con optimismo; dando por sentado que en el hogar del pensamiento rebelde, el papeleo sería todavía más simple y el proceso aun más automatizado que en el DMV.

Sin embargo,…

(Continuará la próxima semana).

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