Ya no les cabe el odio

Cada vez que vuelven a la carga contra el inmigrante hispano, el grotesco espectáculo del que los xenófobos son protagonistas, los hace emerger como la punta de un peligroso iceberg de históricas proporciones. Ya no les cabe el odio. No pueden contenerlo más.

Y ya sea que a un abogado seguidor de Trump no le agrade escuchar el idioma español a la hora del almuerzo, o que a un candidato republicano a gobernador se le ocurra nombrar “Autobús de la deportación” a su vehículo de propaganda para lograr el voto, o que incluso un presidente se refiera a los inmigrantes deportados como “animales” y no personas —pretextando que se refería solamente a “pandilleros criminales”—, la marea de la xenofobia que nos ahoga por estos días se eleva cada vez más ante nuestro asombro sin que nadie pueda (o quiera) detenerla.

Y no importa que el ridículo en el que caen públicamente los desacredite de inmediato de una vez y para siempre al quedar captados y expuestos a través de un oportuno video, pues el xenófobo, y con él el racista, han adquirido un especial respaldo amoral que les da fuerza para asumir desplantes mediante los que se envalentonan para atacar al que a su parecer es más vulnerable. La retórica antiinmigrante de la Casa Blanca, al fin y al cabo, los respalda.

El que el abogado Aaron Schlossberg haya explotado verbalmente frente a un grupo de hablantes de español en Manhattan no denota otra cosa más que su pobre conocimiento histórico y sobre la influencia cultural que ha tenido y tiene este idioma en Estados Unidos y en el mundo entero. Su necedad por silenciar un idioma que el actual gobierno ha identificado con el inmigrante que no quiere por su origen y por su color, le obliga a despotricar prejuiciosamente contra quien lo hable.

¿Reaccionaría igual si en lugar de que ese grupo estuviese hablando español dialogara, por ejemplo, en francés, alemán o ruso? Es de dudarse: su foco de ataque lo constituyen los hispanos, a los que acusa de vivir de la asistencia pública y de que él, pobrecito, lo paga de su bolsillo. No tiene idea de lo que es ser inmigrante en este país, para el que nada es gratis desde el primer día que pisa estas tierras.

Y qué decir del patético tour político que el candidato del Partido Republicano a la gubernatura de Georgia, Michael Williams, está dando con ese gris autobús como su campaña y en el que promete meter a inmigrantes indocumentados para entregarlos a las autoridades migratorias, azuzando a sus seguidores a respaldarlo al reproducir en la parte posterior de su vehículo la alarmista frase “Peligro: asesinos, violadores, secuestradores, abusadores de menores y otros delincuentes a bordo”.

En todo caso, su estrategia solo representa la degradación del debate político, el empobrecimiento del discurso de campaña y el engaño en torno de lo que que verdaderamente representa la comunidad hispana, tal como lo hizo Trump en su campaña. Ojalá Williams llene su autobús de todos los pedófilos blancos y terroristas domésticos del mismo color que se enuentre en su camino, que se cuentan por mayoría en este país, como lo destacó un estudio del Departamento de Justicia publicado en 2014.

Pero la cereza del pastel la ha colocado el presidente en turno con la equiparación que ha hecho de los inmigrantes deportados con “animales”, no con personas. Quienes lo defienden han tratado de salir al paso justificando su opinión sobre los pandilleros, sin tomar en cuenta que la lógica que se está utilizando para “erradicar” a la MS-13 es bloquear todos los accesos posibles a la comunidad centroamericana eliminando el TPS o refiriéndose negativamente a la pasada Caravana de Inmigrantes, que nada tienen que ver con las actividades delictivas de una peligrosa pandilla que nació precisamente en Estados Unidos, no en Centroamérica, y que se ha multiplicado porque no se atacó el problema de raíz desde el principio.

Todo mundo apuesta a las elecciones de medio término con la esperanza de que, al menos en el ámbito legislativo, las cosas cambien para bien de los inmigrantes.

Sin embargo, crece el odio y, con este, la criminalización del derecho a ser inmigrante, a hablar el idioma español, a pensar de otro modo, a comer cosas distintas (las redadas, por ejemplo, se han enfocado en restaurantes de comida mexicana, no en francesa, china, alemana o italiana, por mencionar algunas de las muchas comunidades que también son inmigrantes), a escuchar otra música y a ser orgullosos representantes de una cultura que hoy por hoy es atacada desde diferentes frentes, a pesar de lo mucho que ha aportado al desarrollo de este país.

¿Qué xenófobo, entonces, puede servir de ejemplo positivo para una sociedad? Ninguno, pero al parecer su movimiento ha resurgido para quedarse.

Quede constancia, entonces, de que esto está ocurriendo aquí. Ahora mismo, en el año 2018 de nuestra era.

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